"SALUD MILITAR"
Volumen 25 Nº1 - Setiembre 2003
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En octubre de 1994 el Teniente Coronel Médico Juan Carlos Castiglioni, Jefe del Servicio de Cirugía del H.C.FF.AA. pasaba a retiro. Lo solicitó al saber que físicamente ya no podía ser el mismo luego de auto-diagnosticarse y serle tratado un cáncer de pulmón. Ese verdugo que sabía lo acechaba como consecuencia de su intensa, indominable y disfrutable adicción a los cigarrillos negros que le eran tan característicos y que aspiraba con verdadero placer, especialmente luego de las largas jornadas de cirugía que compartíamos.
Era el agua que calmaba su sed y el sedante de su tensión contenida.
Fue un estudiante brillante. Se graduó en 1963 con
medalla de oro. Antes de ello ya había ganado por concursos de oposición el
cargo de disector de Anatomía y el de Practicante Interno, habiendo obtenido el
primer lugar y llegando a desempeñar el mismo en la Clínica del Prof. P.
Larghero. Posteriormente también obtuvo por concurso el grado II y III de
Clínica Quirúrgica que desempeñó en la Clínica del Prof. W. Suiffet a la
que siempre quedó vinculado.
Tanto a ellos, como al Dr. L. Cazabán y al Prof. J. Pradines a los que consideraba sus maestros, siempre los tenía presentes en el momento de transmitir experiencia y enseñanzas.
Pudo haber llegado más lejos en la carrera docente,
mas no quiso. Primero, porque declinó competir por un cargo de grado III al que
hubiese accedido por méritos, ya que de haberlo hecho hubiese perjudicado y
relegado a un colega de mayor edad y anterior que él, pero con menos méritos.
Luego, porque no quería que su condición de médico militar fuese entendida
como favorecedora de la obtención de cargos a los que natural, justa y
objetivamente tenía méritos suficientes para acceder y que nadie se los
hubiese cuestionado.
Había ingresado al Servicio de Sanidad en 1967, como Alférez Médico, por concurso de oposición. Esos 27 años de actividad ininterrumpida en el H.C.FF.AA. no pasaron inadvertidos para la historia de la Institución. Fue motor de una generación de médicos que transformaron lo asistencial del Hospital otorgándole especialmente a la Cirugía una calidad y un reconocimiento que nunca había tenido, llevándola a un nivel de prestigio que compromete en su mantenimiento, como legado, a las generaciones que le han seguido y seguirán.
Cultivó y promocionó una Cirugía de equipos. En el período inicial de su actividad en el Hospital cuando era cirujano de guardia y por ser la cirugía de emergencia y urgencia, especialmente la traumática, la que más esfuerzos requirió, demostró su valía técnica y clínica logrando obtener una experiencia de resultados excelentes junto a los colegas de la época que lo acompañaron. La comunicación de los mismos permitió que obtuvieran varios premios en concursos nacionales de cirugía.
Posteriormente, ya ocupado de la cirugía programada y en los cargos de Jefatura del Servicio, siempre fue impulsor de la implementación de todos los adelantos de la cirugía. De mente científica receptiva y amplia, siempre estuvo abierto a incorporar los nuevos procedimientos y técnicas. Realizó en el país una de las primeras vaguectomías súperselectivas para úlcera duodenal, cuando recién había sido descripta esa técnica; favoreció la cirugía por seccionales cuyos resultados podemos evaluar hoy; aspiró y logró que se pudieran formar Residentes de Cirugía en el Hospital, promovió la cirugía laparoscópica cuando todavía no se hacía en el país y pese a que sentía que no era para él.
Como cirujano tenía muy criterioso juicio clínico, velando siempre y poniendo en primer lugar el bienestar y el confort del paciente. En lo técnico tenía una habilidad superior. Daba gusto verlo operar, por su prolijidad, rapidez, delicadeza y conocimientos, lo que sorprendía y contrastaba con su "atropellamiento" y cierta "torpeza" de movimientos cuando estaba fuera de las salas de operaciones, y que siempre era motivo de chanza entre sus amigos.
Creía y practicaba una asistencia en la que, para él, el cirujano además de tener buen juicio clínico y habilidad técnica debía tener dos buenas piernas y disponibilidad para el ejercicio, ya que no se debía esperar por las cosas sino que se debía ir siempre por ellas. Castiglioni, Caco, como todos le decíamos, era un hombre excepcional; sólo su modestia podía hacerle ignorar este hecho.
Fue muy cuidadoso en las comunicaciones científicas de toda la experiencia quirúrgica realizada en el Hospital valorando tanto la forma de la comunicación, como lo que significaba como aporte a la comunidad quirúrgica y muy especialmente sus aspectos éticos.
Fue un punto de referencia permanente para sus colegas. Siempre estaba dispuesto tanto a dar una mano para valorar un paciente difícil o que marchaba mal, como para ayudar en una cirugía compleja, como para asesorar en un problema laboral o en una decisión de vida. Caco siempre estaba preocupado no sólo por los pacientes, sino por todos los médicos que le rodeaban, por sus trabajos, por sus respectivas familias. Por la suya sentía una reverencia especial y siempre estaba presente en todas sus actividades. Era muy difícil que nadie que trabajara con él ignorase quién era Lile y lo que ella y sus hijos Juan y Guillermo representaban para él.
Poseedor de una cultura y memoria excepcional, lector empedernido, sorprendía por sus conocimientos en historia, geografía, fútbol, básquetbol de la NBA, turf (cuando había en Montevideo) y ajedrez, entre otras cosas. Con él era muy fácil hablar de cualquier tema.
El reconocimiento a su seriedad y competencia científica hicieron que, sin ocupar ningún cargo académico fuese invitado a exponer su experiencia quirúrgica en Congresos en Buenos Aires y Salta. Caco siempre generó admiración por quienes lo conocimos bien y respeto por el resto de la comunidad médica. Era un hombre pacífico, amante del diálogo y de la diplomacia a la que siempre recurría para tratar de solucionar cualquier desavenencia o conflicto.
Su actividad profesional fue éticamente intachable. Pese a evitar siempre todo tipo de enfrentamiento, se sintió agraviado cuando los médicos militares fueron genéricamente cuestionados en su ética por sus pares y les hizo frente, pese a que lo obligó a tomar una actitud protagónica no acostumbrada y que le costaba, pero que asumía por sentir la necesidad de justicia por encima de todo. Sus dotes personales y la integridad de su actuación estuvieron por encima de las circunstancias y muchos tuvieron que reconocer posteriormente el error de ese cuestionamiento. En su momento el Presidente de la República Dr. Julio M. Sanguinetti lo nombró su médico personal y lo acompaño en muchos de sus viajes.
El mayor reconocimiento a sus cualidades humanas, éticas y científicas tal vez lo haya recibido en 1989 cuando sus pares decidieron elegirlo como Presidente de la Sociedad de Cirugía del Uruguay y posteriormente Presidente del 43º Congreso Uruguayo de Cirugía, siendo el primer médico militar en recibir esas distinciones.
La nobleza, bondad y entereza de Caco se puso de
manifiesto una vez más cuando él se hizo diagnóstico y asumió las
consecuencias y el devenir más probable de su mal. Evolución que como tantas
otras veces la ciencia no pudo alterar.
Así el 24 de marzo de 1995 fallecía, dejando un enorme vació, privando a su
familia de un ser muy querido y querible, que no iba a poder disfrutar del
retiro que tanto anhelaba y de los nietos que él esperaba poder ver crecer.
Privando a los pacientes de un excelente cirujano de primer nivel; a los
cirujanos hechos de un consultante completo; a los jóvenes de un docente por
naturaleza y un ejemplo a seguir; a la comunidad de un ser noble, bueno y
generoso; a nosotros de un entrañable Amigo que aún después de 8 años
seguimos extrañando como compañero del trabajo y de la vida.
TTE. CNEL. (M) JOSE PEDRO PERRIER
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