DIRECCION NACIONAL DE SANIDAD DE LAS FUERZAS ARMADAS

"SALUD MILITAR"

Volumen 22 - Nº 1 - Julio 2000

HOMENAJE

 

"yo he procurado daros el amor por la verdad; no la verdad que es infinita"

José Enrique Rodó. (Parábolas; La despedida de Gorgias)

 

Profesor Emérito Doctor Antonio Cañellas

¡Cuánto más fácil hubiera sido una misión solicitada a la inversa!

Que el Dr. Antonio Cañellas hubiera tenido que hacer una semblanza sobre mi.

¿Por qué? Pues lisa y llanamente porque primero hay muy poco o nada interesante que decir sobre mi y segundo y fundamentalmente porque el manejo del idioma era, en su verbo, un verdadero deleite. Era, en ese sentido, la más clara excepción al verso de Manrique.

Por eso hablar sobre Antonio Cañellas no es fácil.

¡Hay tanto para decir, tanto para recordar, tanto para añorar, tanto para, aún hoy después de tantos años de su desaparición física y del aparente olvido en el que ha caído su recuerdo, aprender de él!

Porque, sin lugar a dudas, a su lado y aún sin pretenderlo era inevitable aprender. Así, insensiblemente, simplemente. Estar a su lado era una oportunidad de enriquecerse, de crecer.

Era uno de esos elegidos que tienen ese don de la docencia y lo ejercen casi sin llegar a saberlo; o que de saberlo no lo hacen notar. Lo dejan fluir tan sutilmente como el agua se escurre de las manos. No la puedes contener por siempre en ellas; prontamente desaparece pero ya te ha mojado.

Pero su docencia tenía una connotación muy especial. No era puramente académica. Nunca apabullaba con interminables citas bibliográficas o datos estadísticos, pero en tres frases delineaba

como nadie una situación clínica que nadie había visto, daba prontamente su solución y extraía una conclusión definitiva.

Y no sólo poseía ese don que muy pocos alcanzan.

Poseía, también, otro que es mucho más difícil.

El don del mando

Porque al Dr. Antonio Cañellas no le era necesario mandar, ordenar.

Él, así como la docencia, ejercía el mando casi como sin saberlo y sin que lo supieran.

A él se le obedecía porque su mando emanaba simplemente porque imponía su pensamiento a través de su ascendencia moral, su capacidad intelectual y la gran convicción con que defendía sus ideas, impartidas siempre con un profundo respeto hacia quienes eran los destinatarios y ejecutores finales de la orden.

Era profundamente HUMANO y como tal, también proclive al error; era casi INHUMANO: era el primero en reconocerlo.

Extrañamente sabía conjugar de una manera muy especial su respeto y natural facilidad por el buen trato del idioma, lo cual lo transformaba en un orador de altos quilates, con un increíble e incomparable poder de síntesis.

Sólidamente formado en la especialidad nunca se limitó a ella y la sabía conjuntar muy bien, no sólo con otras especialidades médicas y quirúrgicas a las que servía fundamentalmente sino que, a su vez, con la vida misma lo que transformaba todo su accionar en una verdadera filosofía.

Es más, nunca se limitó tampoco al ámbito médico.

Músico, locutor, médico anestesiólogo, político, turfman.

De todas sus actividades supo extraer lo mejor y con una sabia alquimia formó una personalidad propia y fecunda. Logró, como él mismo decía a propósito de la anestesia, actuar como un buen cocinero: "lograr un sabor exacto sobre la base de una correcta mezcla de los más diferentes elementos, cada uno en su lugar y tiempo correctos". Merced a esta descripción, para mi al menos, tan acertada de nuestra especialidad siempre lo tuve, al Maestro, por un muy buen cocinero. Sin embargo, en su boca, mucho mejor hubiera sido un parangón con un director de orquesta porque, de música si sabía. Y mucho.

Según cuentan quienes realmente lo conocieron, era un excelente músico. Hijo de músico y alumno directo, nada más ni nada menos, que don Eduardo Fabini.

Pero de cocina ... . Sus manos conservaban las huellas de una infausta incursión culinaria en Londres.

Lo conocí en setiembre de 1967.

El aroma de su Half and Half me invadió mientras llegaba a la cafetería del estar médico de la sala de operaciones del Hospital Militar. Alto, fornido, impecablemente vestido y rasurado. Me miró a través de sus bifocales y me habló. Yo por ese entonces pensaba solamente comenzar a trabajar y ayudar en anestesia podía llegar a ser, para mi, un primer eslabón para conseguirlo y continuar luego lo que creía mi vocación: la cirugía.

Pero había algo en el Dr. Cañellas que yo no sabía. Dicen que sabía y practicaba la hipnosis. Me transformé en anestesiólogo sin llegar a darme cuenta.

Un par de anécdotas. Habiendo transcurrido cuatro años de aprendizaje de la especialidad, obtengo mi título de Médico y comienzo en 1971 a trabajar fuera de ámbito hospitalario. Una noche, en el ejercicio de mi especialidad, una paciente a la que asistía en un sanatorio sufre un accidente grave. En mi desesperación por la infortunada situación no tuve otra ocurrencia que llamar a mi maestro a su domicilio casi al filo de la media noche. En pocos minutos estuvo a mi lado y me enseñó, no sólo a solucionar el problema de la paciente, sino a enfrentarlo con honestidad con los familiares. Me apoyó y me respaldó en todo momento hasta el alta definitiva de la paciente. No cabe otro comentario.

Como turfman fue socio propietario de un stud llamado TonySer, en honor de su hijo (Antonio, Tono) y del de su socio y amigo el Dr. Jorge Sarro. Al parecer el encargado de prácticamente toda la organización referente al stud fue el Dr. Cañellas. Cual no sería la sorpresa de su socio (aurinegro reconocido) al ver que los colores que lo distinguirían eran los de su amado Nacional.

Nace en el Departamento de Durazno un 7 de mayo de 1916 de la unió de Don Antonio Cañellas, mallorquin de Algaida, con Doña Crescencia M. de Cañellas (quien a la fecha vive y cuenta 103 años).

De muy modesto origen su más tierna niñez es marcada por el incansable andar de su familia en busca de mejores condiciones de vida.

Montevideo, Batlle y Ordoñez, Minas donde finalmente se radica. Ya desde muy temprana edad manifiesta su vocación o mejor dicho su pasión por la música. Su padre, a la sazón modesto Director de la Orquesta Municipal de Minas, trata de desalentarlo y prueba de ello es que sólo admite como maestro para su hijo a Fabini, radicado a quilómetros de distancia. Una vez en contacto con el que sería su maestro este, a su vez, intenta fomentar en él desaliento. Pero, a pesar de ellos, continúa adelante con sus estudios de música a la vez que completa sus estudios de escuela y secundarios.

Se convierte en violinista

En 1940 contrae enlace con Doña Alba Zeballos, la que sería su compañera hasta su último día y con quien tuvo un hijo, Antonio (Tonito), que era su gran compinche (fútbol, turf, etc.)

Llega a Montevideo en los primeros años de la década del 40 a realizar sus estudios universitarios y, para mantenerse, se desempeña como locutor en las radios Imparcial, Ariel y finalmente en el S.O. D.R.E., lo que alterna desempeñándose como músico en varios conjuntos de música típica. En su primer trabajo en esta área, siendo violinista, debió desempeñarse (y aprendió a hacerlo en poco menos de un día) como bandoneonista.

No es sino hasta 1945 que, a raíz de un desgraciado acontecimiento familiar, toma contacto con la que habría de ser la especialidad que abrazaría dentro de la Medicina.

Conoce, se vincula y empieza a trabajar con quien sería su primer maestro y amigo, el Dr. Fernandez Oria.

Realiza breves estudios en la ciudad de Buenos Aires junto al Dr. Owen Elder.

A todo esto la B.B.C. de Londres buscaba, en Latino América, la voz latina para sus informativos.

En 1946 es seleccionado y debe viajar solo a Londres con un contrato por seis meses que a la postre se transformarían en dieciocho. Era por ese momento "La voz de América".

Ese tiempo es bien aprovechado.

La facilidad de grabar los programas le deja tiempo libre y se vincula, entre otros, con el Doctor Macintosh, quien sería su mentor y amigo.

Vuelto a Montevideo, completa sus estudios obteniendo el título de Médico en 1955.

Al año siguiente se traslada a Inglaterra desde donde vuelve poseedor del diploma de Anestesiólogo.

Otro hecho desgraciado para la anestesiología Uruguaya, lo vincula con nuestra Institución.

El fallecimiento del Alférez Cámpora hace que, El Señor General Ventura Rodríguez, asesorado por los Doctores Frank Hüges y Bonifacio Urioste, le solicite hacerse cargo del Servicio de Anestesiología del Hospital Central de las FF.AA..

Miembro integrante del Directorio del S.O.D.R.E. por ese entonces, rechaza al principio la oferta pero, ante las presiones de los asesores del General, amigos personales suyos, termina por ceder.

En una visita que le hace en 1963 a Macintosh, este insiste en que debe completar su carrera y no sólo lo alienta sino que estudia con él logrando que se gradúe como Fellow.

Fue el primer compatriota en obtener, en la especialidad, tan alta distinción la cual entre sus pares le valió el ser conocido como "el anestesiólogo de la Reina de Inglaterra".

En 1976 resulta elegido como Profesor de la Cátedra de Anestesiología de la Facultad de la República.

Se transformaba, en ese momento, lo que era un Servicio en Cátedra. Le cupo por lo tanto el honor de ser el Primer Profesor de la misma.

En 1977 es designado como Ministro de Salud Pública, cargo que desempeña hasta 1981.

En 1980 se le otorga el Título de Profesor Emérito de la Facultad de Medicina.

Fallece, víctima de una cruel enfermedad, el 15 de enero de 1984.

Pasa al olvido.

¿Pero es que puede pasar al olvido alguien que, por su propio mérito, haya hecho lo que hizo él?

¿Es que somos tan pobres de mente y espíritu que somos, por sectarismo, incapaces de reconocer los méritos de nuestros conciudadanos más ilustres?

Mil y una preguntas similares podríamos hacernos sin encontrar para ellas una respuesta acertada.

Creo que no vale la pena el buscarla.

Para los que lo conocimos, para los que lo "disfrutamos" en vida, jamás podrá desaparecer. Dejó, aunque no las quieran ver muchas huellas.

Quisiera poseer ahora su don de síntesis.

Un común amigo me dijo que si quería resumir al Maestro dijera que "era de los pocos iluminados capaces de hacer sencillo lo difícil". No está mal. Pero se me antoja demasiado extenso.

Lo voy a sintetizar, como lo hice con mi padre. Creo que ambos lo aceptarán de buen grado.

Lo haré como lo hice, sólo con tres palabras:

Fue un HOMBRE.

De muy pocos los que pasan por la vida se puede verter un concepto similar.

Volviendo al principio, para poder finalizar, Rodó pone en boca de Gorgias cuando este eleva su copa de cicuta para responder al brindis de Leucipo, su más dilecto alumno, una frase que muy bien (perdón Rodó) pudo haber pronunciado mi gran Maestro:

"¡Por ese! ¡Por quien me venza con honor en vosotros!"

Descanse tranquilo; nadie podrá.

Salud Maestro.

Luis Alberto González Míguez.

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